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Congregación hijas de nuestra señora de las misericordias

Fue fundada por Monseñor Miguel Ángel Builes, el 11 de Octubre de 1951, en Santa Rosa de Osos – Antioquia – Colombia.

Inició con nueve jóvenes de las cuales vive la Hna. Isabel Madera, los patrones principales son:
San Miguel y Santa Teresita.
Secundarios: San José, San Pío X y los Santos Ángeles.

Titular Nuestra Señora de Las Misericordias.

Fin de la Comunidad: es decir Gloria a Dios y a la Madre de las Misericordias, expresado-en:

  • Amar a Dios
  • Amar el Prójimo
  • Para cristianos vosotras mismas.
  • Quien os ayudará en esta empresa – será la madre de las Misericordias.

Desde el aspirado hasta la profesión la comunidad recibió la aprobación pontificia el 8 de Diciembre de 1981.

En el momento actual cuenta la congregación con 150 Hnas. Profesas Perpetuas y Junioras y un grupo de formandas de 27 en total en el Pre-noviciado y Noviciado.

Su proyección pastora len el momento actual es en 30 lugares:

  • Colombia
  • Venezuela
  • Ecuador
  • Perú
  • Bolivia
  • Guatemala
  • Costa rica
  • Panamá
  • Costa de marfil en el África


La reciente conmemoración de los 75 años de la colocación de la imagen de Nuestra Señora de las Misericordias, es ocasión propicia para repasar algunos datos históricos y para reflexionar ciertas dimensiones eclesiales y marianas del acontecimiento.

La historia es bien conocida de todos y se sintetiza en muy pocos datos. A raíz del primer Congreso Mariano que tuvo lugar en Colombia en 1919, con motivo de la coronación de Nuestra Señora de Chiquinquirá como Reina de la Nación, la naciente Diócesis de Santa Rosa de Osos quiso perpetuar, bajo la orientación de su primer Obispo el Excmo. Sr. Maximiliano Crespo, el recuerdo de las celebraciones con un monumento a la Santísima Virgen en un lugar público de la ciudad capital.

Promovió la idea y su realización el padre Gabriel Velásquez, quien encargó la elaboración de la imagen a Don Álvaro Carvajal, notable artista nacido en la vecina población de Don Matías. Se colocó la imagen sobre modesto pedestal en la plazoleta que en un tiempo el nombre de San Ignacio por la vieja casa allí situada y que así llamó el Padre Jenaro Roldán cuando la compró a don Manuel Fernández para hacer un centro de ejercicios espirituales, plazoleta que luego se denominó del Seminario, porque esa misma casa sirvió a partir de 1915 para acoger los alumnos que formarían el Presbiterio de la que, dos años después sería una nueva Iglesia particular. Plazoleta, que ahora, por la imagen de Nuestra Señora, comenzaba a llamarse de la Virgen.

Inauguró el monumento una piadosa concurrencia de fieles presidida por el Padre Rafael Yépez, entonces Vicario General, el 17 de julio de 1919.

Desde entonces esta imagen empezó a despertar la simpatía y el afecto de todos los transeúntes que quedaban impresionados de la bondad que refleja su rostro y de la fuerza acogedora que proviene de sus brazos maternales. el mismo Mons. Miguel Angel Builes en varias ocasiones, ensaya describir esta experiencia. Así en su discurso con motivo de la bendición de la primera piedra de la basílica, imaginando la veneración que recibiría Nuestra Señora en el nuevo Santuario, decía: "Qué será cuando podamos clavarnos de hinojos ante la Madre adorada para contemplar la dulzura de su rostro, la suavidad de sus ojos de paloma, la esbeltez de su figura iluminada, la atracción irresistible de sus brazos suavemente extendidos que invitan al hijo extraviado o enfermo de pesares al abrazo del amor?" y en otra ocasión la imagen bellísima de Nuestra Señora de las Misericordias, tallada con tal agilidad y finura de líneas que parece viva, con su rostro amabilísimo iluminado por la sonrisa de sus labios y el resplandor desu mirada, abiertos los brazos misericordiosos en dulce ademan acogedor, son el regocijo de nuestro corazón, la seguridad de nuestra esperanza, el alivio de nuestros dolores y la certeza de la protección de María en vida y en muerte.

No se dice en ninguna parte, alguno deberá investigarlo, por qué el artista ante el encargo de ejecutar una imagen de la Virgen no echó mano, como sería lo más normal, de la icnografía conocida y la representó en unade las numeroas advocaciones bien difundidas y queridas en Antioquia.
Más bien, de un modo original, la plasmó, tal vez inspirándose en la señal que apareció en el cilo sobre un trono de nubes, adornada con amplia capa de reina que se recoge sin esfuerzo en la cintura, toda blanca como vestida del sol, con la luna bajo sus pies, coronada de doce estrellas y venciendo al dragón.

No es esta una imagen de María que acoge entre sus brazos al Señor para presentarlo o entregarlo a los hombres, no es tampoco una Virgen orante que mirando al cielo intercede por los fieles o una asunta que arrebatada a la gloria se hace signo del mundo futuro en medio de este “valle de lágrimas”, no es la Señora que contempla en oración o se embelesa en ternuras con el “fruto bendito de sus entraás”. Dentro de las representaciones marianas que se han dado a lo largo de los siglos, donde mejor se podría clasificar esta imágenes entre aquellas que muestran a María como protectora del pueblo cristiano.

Podríamos decir que es una representación de María como “Madre de la iglesi”. Por eso si la figura es celeste reflejando el estado definitivo de gloria de que participa por los méritos de Cristo, su gesto es el de una madre buena cuyo amor la vuelca toda hacia los hombres. Todo su ser es acogida: la cabeza dulcemente inclinada haia sus hijos, los brazos amorosamente abiertos, los pies prontos al paso del encuentro. Es una Virgen gloriosa y al mismo tiempo peregrina; situada precisamente en un cruce de caminos, parece acompañar a los discípulos de su Hijo en su marcha de fe y de esperanza a través de los peligros y tribulaciones de la vida.

Es una imagen en la que parecen unirse la representación de la maternidad divina y la maternidad eclesial: está en un puesto que manifiesta la posibilidad que tiene de mediar e interceder y está en una actitud que revela su voluntad de recorrer y ayudar. Parece hacer la síntesis entre escatología e historia, pues si bien manifiesta que ella ha llegado a su estado defnitivo, también indica que acompaña a sus hijos en las vicisitudes del tiempo. Es una presencia bienhechora que da y recibe, que está dispuesta a servir, que muy anclada en Dios es toda del pueblo. Es una madre que inspira cercanía, protección, ternura, capacidad de compasión, de amparo y de misericordia.

Esto lo captó rápidamente la gente que no sólo supo leer, con esa claridad que da la fe humilde, el mensaje de la imagen sino los signos mismos que la celestial Señora comenzó a realizar. De modo especial se despertó el fervor a partir de 1930 cuando Doña Josefa Casas recibió un gran favor después de haber comenzado las quince visitas a los pies de la imagen para rezar el rosario, que le recomendó hacer el virtuoso Padre José Tressel.
Y siguieron otras manifestaciones , con hechos tan conocidos de todos, que la historia guarda los nombres de las personas beneficiadas: Teresa Machado, María de Pineda, Teresa Velásquez. Sin olvidar que entre los primeros favorecidos estuvieron también varios sacerdotes; cabría recordar particularmente las curaciones de que fueron objeto los entonces párrocos de Santa Rosa y Entrerrios. Años más tarde, el mismo Monseñor Builes le atribuye el haber recobrado la salud en Rochester.

Empezó entonces a llegar gran afluencia de fieles de toda la población que suplicaban a María, representada en esta imagen, su poderos valimiento ante Dios. Mas aún, como si la misma Virgen lo moviera todo, se multiplicaban asombrosamente las romerías y peregrinaciones venidas de los pueblos vecinos. Volaba ya por toda la comarca la noticia de que se había encontrado una puerta fácil para entrar en el materno corazón de maría.
Aquella plazoleta, casi una isla por los enormes socavones que a su alrededor dejaros los explotadores de oro y apenas comunicaba con el casco urbano por una estrecha franja que por mucho tiempo se conoció como puente de tierra, empezó a poblarse cada vez más de plegarias, de làgirmas, de cantos de alabanza y gratitud. Aquel sitio que, según se dice, en tiempos más remotos todavía fue uno de esos campamentos de disipación y de pecado en que los mineros dilapidan el dinero que fácilmente consiguen y que por eso y otras cosas se llamaba Patio de brujas, fue dando paso a un verdadero santuario mariano.

Los favores de la Virgen se hicieron tan numerosos que la oración de los fieles ya no faltaba ni en el día ni en la noche, el pedestal se fue llenando de lápidas de agradecimiento y hasta en forma colectiva la población entera de Santa Rosa experimentó en varias ocasiones la protección de Nuestra Serñoa que, como lo registró el Adalid, órgano informativo local en ese entonces y como se cuidó de subrayarlo el obispo diocesano, se vio libre del hambre, de la peste y de otras diversas amenazas.